Los mataderos, infierno de animales sacrificados y hombres rotos

Imaginen un gigantesco parking con miles de coches uno al lado del otro. Podría ser un parque de atracciones si no fueran las cinco de la mañana. Es un matadero donde hombres, a 4 grados, en un estruendo ensordecedor, durante 8 horas al día a lo largo de 30 o 40 años, deshuesan en cadena los animales muertos. Como un parking en la entrada del infierno donde los hombres entran por propia voluntad, dóciles servidores de la industria, en un edificio que algunos llaman “la pesadilla”, con el sabor de la muerte en la boca que debían sentir los condenados subiendo al cadalso.

El sufrimiento animal es intolerable, vergonzoso, injustificable. Existe otro, el de los hombres, del que nadie habla (para no disgustar al consumidor). El matadero es el lugar de la alienación: cadencia infernal (más de 500 cerdos por hora), temperatura y humedad extrema, repetición monótona de los mismos gestos, pérdida del sentido del trabajo.  Lugar de matanza de animales, es también el de la muerte de la libertad y del desarrollo de los obreros.

 

Escuchando al personal de uno de los mataderos más grandes de la Bretaña, he descubierto el cúmulo de condiciones de trabajo más difíciles: la precariedad (temporalidad y trabajo a destajo), relaciones brutales con la jerarquía, ausencia de reconocimiento, pero también sufrimiento y accidentes. De todas las industrias, es en la transformación de la carne donde los efectos del trabajo son los más dolorosos y los más marcados. Los accidentes son cuatro veces más elevados que la media.

 

El empleado de un matadero está condenado a tener dolores de cuello, hombros, codos, muñecas, manos, espalda y piernas a veces hasta imposibilitarle trabajar o  llevar una vida normal.

 

Nadie se conmueve con esta epidemia creciente y subterránea: se contabilizaban 400 traumas musculoesqueléticos en 1982, y más de 40000 treinta años después, como un mal que corroe cada vez más y que nadie quiere ver, ni los patronos ni los gobernantes, ya que a ellos les basta con mirar para otro lado y que sus hijos no ejerzan nunca estos trabajos. Peor aún, las enfermedades profesionales son a veces cuestionados por las empresas, donde ve una causa de aumento en sus cotizaciones sociales y propone al trabajador que ya no puede estar de pie un puesto donde estará sentado… El que tenía un codo inservible tendrá también dolor de espalda.

 

¿Y si los cuerpos rotos de los obreros fueran objeto de un escándalo como el del amianto?

 

Vender su capacidad de trabajo es una cosa, matarse en el tajo es otra. Es aceptable en el siglo XXI que sea todavía cierto lo que escribía Simone Weil en 1935 sobre la fábrica, donde todo ser se consume y se aplasta, “este lugar lúgubre donde solo se puede obedecer, romper bajo presión todo lo que se tiene de humano” donde la fatiga es tal que el espíritu se vacía de todo pensamiento… O entonces los progresos realizados en el siglo XIX no habrán sido más que para unos privilegiados y negados a las decenas de miles de trabajadores de los mataderos, condenados a enfermedades y accidentes, a la cadena, a la imposibilidad de desarrollo en el trabajo.

 

Cuestionar los mataderos no es una moda vegetariana, es denunciar la vileza de todo un sistema: las derivas de una industria que solo busca el lucro (escándalos alimenticios, cría intensiva, edificios donde se amontonan miles de gallinas ponedoras, explotaciones de más de 5000 cerdos…), que quiere hacer desaparecer los métodos tradicionales de ganadería y que ha transformado los animales en generadores de carne, que ha afeado los paisajes, degradado en medio ambiente (contaminación de las aguas y los suelos, proliferación de algas verdes….) y que requisa los cultivos de cereales y oleaginosos para alimentar el ganado destinado a carnívoros privilegiados cuando 800 millones de personas pasan hambre.  Mañana, los estragos medioambientales del planeta serán dramáticos.

 

Comer no es un acto anodino cuando implica la vida y la muerte, el sufrimiento y la alienación. Podemos mirar a otro lado, eso no impedirá que la sangre corra. La elección de cada uno de ser carnívoro me parece desaparecer hoy tras la necesidad de considerar las condiciones humanas, económicas, sociales y medioambientales, que hacen posible la producción de carne. ¿No son la consciencia y la moral lo que convence al hombre de que es superior al animal?

 

Muriel de Rengervé 

“Mi parte animal”  Ed. Léo Scheer

Traducción del artículo original en francés a cargo de Alain Escartín, de la PLSGI (Aragón)